miércoles, 29 de agosto de 2007

Y a las 72 horas…

La vida te puede cambiar en un segundo… Eso, por desgracia, lo sé muy bien.
Pero mi post de hoy no va a ser reflejo de una experiencia personal, sino que voy a comentar algo que he vivido este fin de semana.
Estaba yo en Sevilla, con mi pareja, sus hijos y el mío. Estábamos alojados en el hotel donde se concentran los jugadores del Sevilla cuando tienen partido, ya que está al lado del Sánchez Pizjuán.
Como el tiempo no nos acompañó el sábado, no pudimos ir a la playa; Sevilla y Cádiz estaban en alerta naranja por las lluvias y el viento.
Nuestros hijos estaban encantados, porque decidieron transformar la jornada playera en jornada futbolera: iban a perseguir a los jugadores del Sevilla para que les dieran autógrafos y se hicieran fotos con ellos.
Desde la una de la tarde estaban apostados en la puerta del hotel, ya que nos habían dicho que llegaban a esa hora. El primero que apareció fue Antonio Puerta, que venía del Corte Inglés (está enfrente del hotel).
Mi hijo se acercó rápidamente a pedirle un autógrafo (madridista convencido pero ilusionado con ver a estos futbolistas de cerca, aunque hicieran papilla el otro día al equipo blanco) y él, muy amable, se lo firmó y les cogió a los tres para hacerse una foto.
Así siguieron durante todo el día, detrás de los jugadores, todos ellos muy comprensivos; no sé si les faltó alguno para hacerse la foto, pero todos los demás ya están guardados para el recuerdo.
Y llegó la hora de salir del hotel para ir a jugar: eran las ocho de la tarde. Se había formado un paseíllo desde los ascensores hasta el autobús que esperaba fuera para llevarles al estadio. La enorme afición que hay en Sevilla por este equipo estaba más que representada en el hotel.
Empezaron a salir los jugadores del los ascensores y todavía tuvieron la santa paciencia de dejar que les hicieran fotos. Uno de ellos era Antonio Puerta, y el hijo mayor de mi pareja le dio una palmada y le dijo: “Suerte, Puerta, buen partido”.
Setenta y dos horas más tarde de pedirle mi hijo el autógrafo está muerto.
Yo no soy futbolera: sólo soy fan de mi hijo en sus competiciones, de España cuando tercia o del Madrid cuando le apetece jugar bien, algo inusual en los últimos tiempos. Pero estoy afectada por la cercanía que hemos tenido con este chico y sus compañeros este fin de semana y porque tenía 22 años, un hijo en camino y toda la vida por delante.
También pienso en sus padres, que estarán hechos polvo, y eso lo sé yo muy bien. Todo mi ánimo para ellos.
Y para él, Antonio Puerta, toda la suerte del mundo allí arriba.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Miedo

Os dejo esta joya de Carver.


MIEDO


Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.
Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.
Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Ya dije eso.

lunes, 6 de agosto de 2007

Malos rollos, no, gracias

Creo que, hoy, no escribiré nada más. Con esto es suficiente. Por lo menos para mí.

viernes, 27 de julio de 2007

Regusto amargo

Hoy no estoy muy católica. He tenido un sueño raro, en el que mi hombre me ponía los cuernos. No veía a la elegida, pero sí sus botes de maquillaje metidos en sobres(???), debajo de unos libros(?????) que estaban encima de una mesa, a mi alcance…
Y, cuando volvía a casa, le preguntaba si había tenido un rollo con alguien y me decía con la cara de no-he-roto-un-plato que no, y yo veía la misma cara de siempre, la que yo creía que era sincera, sin pestañear, nada que me pudiese hacer sospechar… Entonces, me daba cuenta de que me había engañado siempre, que no podía confiar en él… Y en ese momento me he despertado, cuando estaba a punto de hacer las maletas después de haberle sacado la piel a tiras.
Por eso hoy me cae mal, bueno, me cae fatal.
Hoy no me vale lo de: «Existes. Creo en ti. Eres. Me basta». Maravillosa poesía de Ángel González.
Hoy me caes mal. Fatal. Era todo tan real… Mierda.

miércoles, 11 de julio de 2007

El torturador colegiado

El respaldo del sillón baja lentamente mientras miro, con miedo, la bandeja llena de instrumentos de tortura que tengo enfrente de mí.
El dentista se pone una mascarilla y se sienta a mi derecha. La auxiliar, por la izquierda, me pone una especie de babero níveo y me da una orden: «Abre la boca» e, inmediatamente, me introduce un tubo que luego me deja la lengua como un estropajo, porque me absorbe toda la saliva que soy capaz de segregar.
«La boca grande, grande», repite como una musiquilla machacona el dentista. Y de repente aparece en su mano una jeringa con anestesia y me pincha a traición en la encía. Yo abro todo lo que puedo mientras, de manera involuntaria, voy moviendo la cabeza hacia la izquierda alejándome del de la mascarilla que ya me la había jugado.
Él me agarra la frente y me detiene: «Grande, grande, gira hacia mí», me dice mientras rota mi cabeza y acerca la otra mano que sujeta un artilugio que vibra acabado en un pincho amenazador. Ruummm, ruummm... taladra el de la mascarilla mi muela y, de rebote, mi cerebro.
Se me hacen interminables los veinte minutos que paso con la boca abierta mientras el de la mascarilla hurga en la intimidad de mi boca, con el aspirador de saliva hincándose en mi mucosa, el babero manchado de los restos que va esparciendo mi torturador con su taladro...
Por fin acaba. Se quita su escudo facial y me dedica una sonrisa de no-es-para-tanto, a lo que yo le respondo con otra parecida de que-te-crees-tú-eso.
Pago a la que me mete el tubo y me da órdenes y salgo por la puerta deseando que pasen unos cuantos lustros antes de volver.

sábado, 7 de julio de 2007

El incombustible

Anoche encendí la tele cuando llegué y me puse a hacer zapping. Y me encontré con el incombustible Georgie Dann (este tío o ha hecho un pacto con el diablo o le han cobrado mucha pasta por mantenerle como si no hubiera pasado el tiempo, o casi).
La verdad es que me quedé viendo la entrevista porque me resultó curioso que, un año más (según decía el presentador), volviera a ser la canción del verano. Un tío que lleva la pera de años haciendo algo que provoca la envidia —no sé si sana— de casi todos: una canción al año y a vivir.
Pero lo que más me gustó fue el título de la obra maestra: Mecagüentó, porque la canción en sí no va a estar entre mis preferidas, desde luego. Pero el título… oye, que me gusta, y pienso utilizar el “palabro” cuando se me antoje, y creo que va a ser a menudo porque… ¡hay tantas veces que mecagüentó!

martes, 3 de julio de 2007

Las rebajas

Hoy voy a tocar un tema que está de rabiosa actualidad: las rebajas.

Lo reconozco: me gustan las rebajas. Pero, sobre todo, me divierte revolver en los cajones como si estuviera buscando un tesoro y me lo fuera a encontrar ahí, esperándome (algo que rara vez ocurre…). Ya sé que hay rebajas estupendas, de marcas estupendas, con unos estupendos precios... Que también me gustan, claro, por supuesto, me encantan. Pero, a mí, lo que me priva es revolver. Me da igual de qué estén llenos los cajones: zapatos, ropa interior, camisetas, bolsos horribles que no miraría si estuvieran en las estanterías, pero que tienen su gracia porque están tirados de cualquier manera, con un cartelito arriba de lo más sugestivo diciéndote a qué miserable precio se venden... ¿Quién sabe si debajo de uno de polipiel, imitando a no se sabe qué animal, vas a encontrar la maravilla del siglo?

Otra cosa que me divierte muchísimo es mosquear a otra cliente potencial. Por ejemplo, vas al departamento de ropa interior y te diriges a los cajones, por supuesto. Empiezas a revolver y coges un suje al azar, que no pinta mal; entonces te das cuenta de que a otra señora le gusta el suje que has cogido porque se pone a buscar frenéticamente a tu lado mientras te mira con el rabillo del ojo, por si lo sueltas. Tiene la esperanza de encontrar otro igual, pero… ¡mala suerte!, es el último. Entonces lo miras, lo remiras, lo comparas con otro que hay al lado como si lo fueras a dejar de nuevo en el cajón y mientras, con disimulo, observas de reojo para ver si sigue interesada: sí, ahí sigue, esperando, se nota porque coge con desgana la ropa y la mira sin entusiasmo... Está esperando a que lo sueltes y, probablemente, no se lo llevará tampoco, pero es que uno encuentra tan apetecible lo que le gusta al de al lado…

Lo reconozco: me gustan las rebajas. Pero, si algún día quitan los cajones para revolver, ya no será lo mismo. Ya no podré ir en busca del tesoro escondido ni podré fastidiar a la que tengo al lado. No quiero que mi entretenimiento cambie. Reivindico las rebajas de mercadillo que compiten con las rebajas guay de marcas guay. Y somos muchos los que pensamos así…